Suena el despertador a eso de las siete y veinte del mañana, y aunque la mente en ocasiones no reacciona al dulce sonido del amanecer, te garantizo que uno de los mayores placeres a esas horas es darle a pausa, a veces hasta cinco veces en intervalos de cinco minutos. Me levanto con ánimo desgarbado, quizás primero toque lavado de cara y peinado o preparar el desayuno o desaguar, son con cierta seguridad una de las tres primeras y consecutivas acciones de estos días laborales. Después, la pesada tarea de pensar con que visto este cuerpo me trae de cabeza, no consigo dejar esta actividad preparada el día anterior, por lo que generalmente me toca planchar y lo tengo listo para dentro de un rato, ya que tras la sentadilla y posterior desayuno, termino con la vestimenta puesta. Recojo la documentación, abono trasporte, algo de dinero, ventolin, el móvil, los cascos, un último repaso a las ventanas y lanzando chispas a coger el tren, que son más de las ocho y diez y el “civic” no espera a nadie.
Al salir de casa, como un programa, enchufo los cascos al móvil, enciendo la radio y tomo el mismo camino hasta la estación, donde antes de introducir el billete en los dispensadores automáticos de paso, recojo el diario gratuito que entretiene el trayecto. Me encontraras casi siempre sentado en la parte alta del segundo o tercer vagón, más bien en la parte de atrás del mismo, pero eso si, nunca en el mismo reposadero. Los veinte minutos que aproximadamente dura el trayecto, los paso leyendo y escuchando las noticias económicas de la mañana.
Al llegar a Chamartín, la apertura de las puertas marca el inicio del regurgitado de pasajeros, que como masa ganadera sabe perfectamente donde está el túnel de salida, de manera civilizada acoplo mi cuerpo cual perfecto engranaje a la masa y tranquilamente encamino mis pasos hacia el encuentro laboral. Saludo a los que llegaron antes que yo, reparto los primeros buenos días y me dirijo al fondo, donde sin ninguna duda esta mi puesto y la compañera con la que comparto la jornada laboral. La mañana empieza con una pequeña charla sobre algún tema intrascendental, que sirve de punto de partida y a la que se van incorporando el resto de “laborales”. El día pasa más o menos entretenido y a eso de las tres menos veinte, apago, recojo los bártulos y comienzo el camino de vuelta, estación, pasarela de paso, andén nueve, vagón del medio, un asiento en dirección al trayecto y felizmente en casa.
Menos mal que todos los días hay algo especial que rompe esta rutina.