Toda una experiencia ha sido estar encerrado en un tren de cercanías durante dos horas, el trayecto que suelo hacer todas las mañanas no va más allá de unos treinta minutos, siendo lo normal tan solo veinte, lo que supone todo un lujo más cuando mi residencia está a otros tantos, pero esta vez en kilómetros, de Madrid. Suelo aprovechar el recorrido para ponerme al día de las noticias con un periódico de tirada gratuita, es el primer contacto más directo con las noticias diarias y los quehaceres nacionales e internacionales.
Me instalé cómodamente en el cuarto vagón por la cola con la idea de que el trayecto no se alargaría más de cincuenta minutos como mal mayor, más cuando anunciaron por megafonía que un vehículo, no se sabe con que propósito, había caído desde lo alto de un puente sobre las vías del tren en algún punto indeterminado, lo que acarreaba según palabras textuales “extensos retrasos”.
Ha sido en el momento de apearme en Chamartín cuando he apreciado en toda su amplitud el recorrido temporal desde que subí al susodicho, asombroso como han pasado delante de mi ese par de horas, tiempo perdido al menos en un cincuenta por ciento, pasaron sin que haya supuesto una merma en el consciente, como si no hubiera ido conmigo. Salvo el tiempo de lectura periodical y escuchar algo de radio, no he ejercitado actividad alguna, todo ese tiempo estuve sentado en el mismo sitio, mirando por la ventanilla, sin pensar en nada, ninguna ocurrencia, ningún sueño, en definitiva el recorrido no aportó ningún valor.
Que manera más tonta de perder el tiempo.
Me instalé cómodamente en el cuarto vagón por la cola con la idea de que el trayecto no se alargaría más de cincuenta minutos como mal mayor, más cuando anunciaron por megafonía que un vehículo, no se sabe con que propósito, había caído desde lo alto de un puente sobre las vías del tren en algún punto indeterminado, lo que acarreaba según palabras textuales “extensos retrasos”.
Ha sido en el momento de apearme en Chamartín cuando he apreciado en toda su amplitud el recorrido temporal desde que subí al susodicho, asombroso como han pasado delante de mi ese par de horas, tiempo perdido al menos en un cincuenta por ciento, pasaron sin que haya supuesto una merma en el consciente, como si no hubiera ido conmigo. Salvo el tiempo de lectura periodical y escuchar algo de radio, no he ejercitado actividad alguna, todo ese tiempo estuve sentado en el mismo sitio, mirando por la ventanilla, sin pensar en nada, ninguna ocurrencia, ningún sueño, en definitiva el recorrido no aportó ningún valor.
Que manera más tonta de perder el tiempo.