Jaén-Martos

La aventura empezó bien, el día amaneció tormentoso, con lluvia y frío pero me dio medio igual. A las 6,45 Rocío me trajo el aislante por si las moscas y me trasladé a la estación dirección a Chamartín, una vez allí me instalé en el vagón de cola del regional a Jaén, lugar reservado a las bicicletas y acompañantes. Me senté en el asiento que me pareció oportuno y me percaté que los billetes estaban enumerados cuando empezó a entrar personal a tropel en Atocha, me sorprendió tanto público en este destino, este día y a esta hora. El viaje se me hizo no excesivamente largo a pesar de las 4 horas largas, gracias a la “siestecita”, la contemplación, la lectura y algo de picar.

Al salir de la estación un ataque de risa de dos chicas me contagió, como no pudo ser de otra manera, se habían equivocado de tren ya que iban en dirección contraria. Durante el viaje nada que destacar salvo que el nerviosismo me inundó cuando observé que tras Despeñaperros seguía el mal tiempo. Al llegar a Jaén una manzanita, l`carnitina, y un puntito dulce de rigor antes de buscar el camino, lo encontré con facilidad y empecé con calma, mas cuando note que llevaba excesivo peso en las alforjas. Al rato unos jóvenes requirieron ayuda para arreglar un pinchazo, lo hice gustosamente. El camino ha sido cómodo, al seguir por un antiguo trazado ferroviario los tramos carecen de pendientes excesivas. El cielo se iba cerrando cada vez más a medida que avanzaba la tarde hasta que a dos kilómetros de Martos una “chubisnailla” me empapó, así que decidí pararme con la suerte de encontrar la única habitación libre del pueblo.

Martos tiene su encanto y excesivas cuestas, aunque no para de llover salgo a visitarlo, una señora en una supuesta parada de bus me convence de cogerlo ya que me lleva a la misma plaza, menos mal que le hago caso ya que comienza a caer “chuzos de punta”. Tras la visita bajé andando y pude callejear un poco ya sin lluvia, acopié provisiones, cenita y a dormir que mañana será duro, si es que para el mal tiempo.