Cuestión de llaves

Que sensación más apresurada recorrió este cuerpo cuando sentí, ya entrada la noche, el olvido del juego de llaves necesario para la apertura de la hogareña vivienda en la que tengo por costumbre regresar a cobijar mis huesos, casi todos los días del año. Ah!! y no tenía ni la más remota idea de donde estarían, eso si, un deseo enorme ansiaba que estuvieran en el primer cajón a la izquierda de mi mesa laboral o al menos, que un juego a modo de copia hubiera sido depositado en la referencia familiar más cercana.

Entre las diferentes opciones que se presentan en este tipo de situaciones, elegí la de acudir al lugar más cercano y de mayor confianza, para solicitar alojamiento temporal con desayuno, en espera de que el nuevo día alumbrara esperanzas de no tener que destrozar la cerradura.

Las opciones se fueron reduciendo cuando al llegar al cotidiano puesto de trabajo, aseado pero con la misma ropa del día anterior, las esperadas no se encontraron en el susodicho cajón. La segunda opción era la accidental caída en la parte trasera del coche de una compañera, en la que me traslade en la búsqueda del lugar de almuerzo el día anterior, pero tampoco se dio. La última y definitiva fue el fallido depósito de una copia de las mismas en el afín centro farmacéutico.

Una vez eliminadas todas la posibles esperanzas de no tener que taladrar para entrar, por una cuestión del destino y por las razones que aún no he llegado a entender, las llaves aparecieron en la primera de las opciones, eso si, en un lugar inesperado y bajo algún elemento que entorpeció inicialmente una búsqueda intuitiva.

Final feliz, he respirado aliviado.